Sandokán, el rumano del puente de las Señoritas

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Durante nuestro ensayo de teatro

El domingo por la noche tenía práctica de teatro en Sevilla y decidí irme en bicicleta, a pesar que el ensayo era tarde, estaba oscuro y hacía frío, pero me había pasado todo el día dentro de la casa, y necesitaba respirar y hacer ejercicio. En el hecho, cuando llegué a Dos Lunas, mi grupo de teatro me aplaudió cuando me vieron llegar en bici, ante mi sorpresa y un poco de pudor, pues yo no lo encontraba nada heroico. Quizás el hecho que lo haga a los 56 años de edad lo hace más loable.

 

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Personaje de Divinas Palabras

El ensayo terminó a las 10:30 pm más o menos y tenía que enfilar 9 kms. cuesta arriba para Valencina. Recién se habían iniciado los días más fríos de la temporada, y al salir del estudio supe que iba a congelar el culete. Al cruzar la pasarela de la Cartuja, me cubrí la cara y las orejas con un pañuelo que llevaba alrededor del cuello, pues el frío se me colaba por todos los poros. Me saqué un selfie y pensé que definitivamente parecía uno de los personajes futuristas, después de una hecatomber nuclear, y la vuelta de tuerca que le queríamos dar a la obra de Valle-Inclán, Divinas Palabras. Y me puse a pedalear con todas mis fuerzas, para poder entrar en calor.

Para ir a mi pueblo de manera relativamente segura, hay que cruzar el puente de Camas conocido también como puente de la Señorita, un puente hoy en bastante mal estado pero que tiene un carril-bici. Antiguamente servía la ruta ferroviaria Sevilla-Huelva, y hoy es muy utilizado por peatones, ciclistas y motos, además de los autobuses interurbanos de Camas, Valencina y Albaida, durante la hora punta, ya que hace que el cruce del verdadero río Guadalquivir sea relativamente tranquilo y seguro (al menos para mi, pues me he enterado que hay muchos reclamos sobre su estado calamitoso y por no tener iluminación durante la noche). Por este puente cruzan una media de 800 ciclistas al día en días laborales  y 900 los fines de semana. Pues bien, a las 10:45 pm no había un alma y doy fe que estaba oscuro como boca de lobo, por lo que lo de los reclamos de la iluminación, tienen su causa justa. Yo, sin embargo, no percibía nada de estas cosas pedestres, pues, acostumbrada a recorrer de noche el carril-bici de Salteras a Valencina, no me extrañaba su falta de luz. Y hacía poco, le había instalado dos focos a mi bici, que me hacían sentir la reina del mambo y reirme de los peces de colores.

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La aparición espectral

En eso iba, a todo cañón, cuando siento un ruido espectral y cuál no es mi asombro que se me cruza por delante una especie de fantasma, que me mira con la misma mirada que tenía mi perro J.J. No tuve más que frenar a toda prisa, y mirar asombrada esta aparición. No pude contenerme, y le saqué una foto. Y dos, y tres. Lo comencé a iluminar con el foco de mi bici, para que se viera más claro, por temor a que el flash de mi móvil arruinara su imagen etérea. Y me siguió mirando impertérrito.

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Me miraba igual que el J.J.

Al día siguiente, subí una foto en Instagram y Facebook, comentando el suceso. Lo puse en inglés, y no sé si eso, debido a mi lenguaje equívoco, dio lugar a que mucha gente creyera que había tenido un accidente o corrido peligro, especialmente a esas horas de la noche. La verdad es que lo menos que tuve fue miedo, más bien, una sensación de gratitud de saber que me muevo por lugares tan tranquilos, que lo más terrible que me puede pasar, es cruzarme con un caballo mientras ando en bici casi cercana la medianoche, teniendo que tener el mismo cuidado que se tiene que tener en Montana de noche cuando se cruzan los ciervos por la carretera.

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El río después de remar desde la pasarela de la Cartuja

Pues bien, ayer fui nuevamente a Sevilla en bici. Esta vez a remar, más temprano. A la vuelta, cerca de las 6 de la tarde, me encontré con el mismo caballo que me había sorprendido la noche anterior y decidí detenerme para sacarle una foto, para posteriormente colgar en Facebook, a modo de aclaración de mi publicación anterior. Cuando estaba en ello, se me aproxima presurosa, una joven bien arreglada que con cierto acento extranjero me pregunta por qué le estaba sacando fotos al caballo. Yo, la miré avergonzada y musité titubeando

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El primer caballo blanco

—Porque me gusta.

—Ah, porque te gusta, mmm.

—Si, porque me gusta…— ¿Es tu caballo? — le pregunté algo condescendiente

—No, de mi tío — me dijo, señalándome la ribera sur del río.

 

Y siguió su camino desconfiado. Y yo el mío, solo dos metros más allá, en la que estaba comiendo maleza, otro caballo blanco, que podría también haber sido mi fantasma de la noche anterior.

Me aprestaba a sacarle una foto, cuando un señor que tiraba de un carrito, como si hubiera salido nada menos que de las páginas de Divinas Palabras, se me aproxima. Y yo que pienso que por qué les ha dado a todos ahora con sobreproteger a estos caballos. Y me sentí de nuevo pillada en falta. El hombre desdentado, de abrigo, boina y guantes negros, comienza a hacerme gestos con las manos, señalándome el caballo. Lo que me faltaba ahora, un mudo enfadado conmigo.

Después de varias gesticulaciones, me indica que le saque una foto con el caballo, lo que yo hago obediente. Y comienza a hablar, sí, a hablar, después de haberse hecho el mudo por 10 minutos! Pero su hablar es cortado, casi ininteligible para mi, pues él sabía poco español y yo nada de rumano.

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Sandokán

Pues fue así como me enteré o más bien deduje, que a Alexandreau Dimiri, se le conoce por Sandokan, pues se presentó mientras se desenguantaba una mano y me daba sus cinco. Me repitió algo de su madre, por lo que no sé si es que su madre le dio ese apodo, o deriva ese nombre por parte de madre. De su verdadero nombre me supe cuando me contaba de sus penurias en España y que no sabía por qué “5 millones de rumanos habían emigrado a España si ya Ceaușescu había caído y estaba muerto”. Y me insistía: ¿Por qué, por qué? En su mirada añoraba su tierra, a la cual no sabía cuándo iba a regresar ya que el billete de avión costaba mucho dinero y en bus eran tres días y sin dinero para comer, era muy duro. Además se le había vencido el pasaporte, y sacaba del bolsillo de su abrigo raído, un pasaporte hecho pedazos donde se leía, Alexandreau Dimiri nacido en Bucarest el 29 de abril de 1957.

Y ahora vivía solo, en las riberas del río Guadalquivir. Me miraba cariñoso, tratando de encontrar maneras de tocarme y abrazarme, chocando los cinco como tres o cuatro veces, y retirando, delicadamente con sus dedos, los pelos que se me venían a la cara con el viento. Al principio me había inquietado, pero a esa hora transitaba la media diaria de ciclistas y peatones que cruzan el puente de las Señoritas. Y al final, si bien, el hombre buscaba un poco de dinero y quizás algo más, logró solo sacarme un euro y medio, un beso en la mejilla, un abrazo, unos cuántos choques con mi mano congelada, y varias sonrisas y carcajadas. Mutuamente, nos habíamos alegrado la tarde. Mi aspecto no era mucho más atrayente que el suyo. Quizás éramos dos almas en busca de una identidad.

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Llegando en bici a mi destino

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