La llegada de Vincent James McCann Alliende

Hace poco encontré El Intervencionista original en papel, el Nº2 denominado del Calle-Calle (El Nº 1 era del Dañicalqui). En él, relato el nacimiento de mi hijo Vincent que me hizo revivir esos momentos que no se olvidan nunca, pero que con el paso de los años comienzan a cubrirse de una neblina, donde los detalles se olvidan o se convierten en otra historia. Lo quise compartir, pues ha sido uno de los momentos más importantes de mi vida, darle la bienvenida a la vida a un hijo tan maravilloso como lo es Vincent.

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Extractos de El Intervencionista del Calle-Calle vol. 1, Nº2 del 2 de diciembre de 1997.

El día 23 de octubre de 1997, a las 18:00 h, yo, la madre de la criatura, figuraba en el Colegio San Luis de Alba, donde trabajo como coordinadora de historia, geografía y ciencias naturales. Todos los profesores me echaban tallas. La guagua iba a nacer in situ. A las 7 pm del mismo día fui al doc, el conocidísimo guatón Isla. Tenía 3 cms. de dilatación. La guagua probablemente nacería esa noche o al día siguiente, por lo que fui citada a la clínica Alemana a las 22:30 de este día para un chequeo con la midwife (matrona para los monolingües). Reconozco me dio un poquito de susto la noticia que tanto estaba esperando. Mi guata ya no daba más de grande. Había engordado 15 kilos de los cuales 10 eran pura guagua y sus aditamentos. Me tenía, lo que se llama guatona la situación. Pero el solo hecho que el gran momento esperado se aproximaba, me dio pánico. Eché mis lagrimones en el auto, llegué a la casa y le conté a Steven que no lo podía creer. Ese mismo día llegaban el Tata y la Bobe desde Santiago. Era una noche lluviosa. Debido a las circunstancias toda la familia McCann Alliende se duchó, para esperar a los tatas y al Vincent limpiecitos.

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Vincent posa en el mercado fluvial de Valdivia en diciembre 2008. La Matilde está detrás

Ya en la mañana, la Matilde y yo habíamos ido al mercado fluvial a comprar choritos y pescado para recibir a los flamantes abuelos. Quizás la dilatación se debía a que tuve que acarrear 2 kilos de choritos , más uno de salmón, medio de limón y a la Matilde que se cansó y me pidió upa, en el medio de los ajetreos propios del mercado.

A las 8:30 pm oímos la voz fuerte del Tata gritando que le abriéramos la puerta. Llegaron cual viejito pascuero mojados por la lluvia. La Matilde alucinada con su presencia, especialmente la del Tata. Más tarde nos daríamos cuenta que sufre de un enamoramiento fulminante con mi padre. Yo estaba bastante nerviosilla y no sé si fue bien disimulado o no.

A las 10:30 pm, después de comida, partimos a la clínica. Llegamos cinco minutos después. Ventajas de la provincia. Ante 4 cms. de dilatación fui dejada allí. Steven con celular en mano (sí, ya existían) se comunicaba cada cinco minutos por instrucciones de la Bobe, con el comando tatas. Yo fui introducida en la sala de pre-partos donde fui sometida a todas las vejaciones propias de la ocasión (depilada, lavado intestinal, pinchazos, sueros y demás delicias de la maternidad). Luego estas atenciones continuaron cuando me trasladaron a la sala de partos donde la rotura de la bolsa de agua y la espera de mayores y más dolorosas contracciones hacía que el grupito conformado por el anestesista, la matrona, el obstetra y la auxiliar, me pareciera más un grupo de sádicos que observaban gozosos mis retorcijones. No saben cómo eché de menos la manito de monja de mi cuñada Mariana. En tanto, a Steven lo habían mandado a mi pieza en la clínica, pues la guagua nacería tipín 3 am y era recién medianoche. Definitivamente el niño nacería el 24.

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Visitando la Clínica Alemana de Valdivia con Vincent en diciembre 2008

En un momento tenía tanto sueño que habría sido feliz si me hubieran dejado sola para echar un cachuelito. Sin embargo, seguí por espacio de una hora y media rodeada de doctores que observaban impávidos mis movimientos dolorosos y me hablaban de la conferencia que tenían que dictar al día siguiente. Me sentía completamente entregada a las circunstancias. Como a la 1:30 am tenía 8 cms. de dilatación y ya me habían puesto anestesia, que al parecer no me hizo efecto porque me dolía como un chancho. La matrona me diría después que había tenido un parto muy natural.

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A mi me bajó la neura de que Steven no estuviera y le rogué a la auxiliar que lo llamara. Ya me lo imaginaba contestando el teléfono de la pieza que iba, y dándose media vuelta en la cama para seguir durmiendo.

En el intertanto, la matrona quería que hiciéramos un “ensayo” de puje, el que me salió tan mal, que me retó y me dijo con palabras sutiles, pero firmes que las guaguas no salían apretando los dientes ni los ojos…y como le dijera la matrona a la Trini Alliende “las guaguas nacen con el poto m´hijita, no con los dientes“. Aprendí mi lección,pero puchas que dolía y yo me negaba a hacer un puje más si Steve no llegaba. Finalmente llegó todo vestido de celeste. Sentí un gran alivio. Me pegué mis lloriqueos, le mordí la mano varias veces y en cuatro pujones Vincent estaba afuera llorando con una voz bien ronca, fuerte y varonil.

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Me lo pusieron encima de mi pecho antes de cortarle el cordón umbilical y luego se lo llevaron a medir y pesar. Eran las 2:45 am. Pesaba 4 kilos y medía 55,5 cms. Steven participó activamente en todo el proceso y como la habitación era chiquitita, nunca lo perdí de vista. Incluso vio el saco y la placenta, que yo había acarreado junto con Vincent por espacio de nueve meses.

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Creerlo o no, Steven se veía fascinado. Por mientras, el doctor Isla acarreaba baldes de povidona yodada y me los tiraba encima de mis partes pudendas diciendo “para que no digan que no te desinfecté”. Él había sido testigo de una infección del demonio que casi me había matado 19 meses atrás después de haber tenido a la Matilde. Había llegado a su consulta por primera vez en cuatro patas arriba del asiento trasero de un taxi y en un solo grito de dolor.

A las 4:30 am estábamos los tres en la pieza Nº34, que al día siguiente tuve el “privilegio” de tener que compartir con una secretaria de Dicom, Ximena Rettig, quien estaba con un ataque a la vesícula y con siete meses de embarazo, porque el día anterior se dedicó a pelar chunchules y comer un pollo mayo al desayuno, una empanada al mediodía, dos lomito palta al almuerzo, un litro de leche, un litro de jugo, tres coca-colas, un pastel con crema y al desvelarse a la 1 de la mañana, pollo escabechado que había sobrado de la comida. Pan integral, yogures o quesillos, ella no comía, “porque le caían mal, pues tenía colon irritable”.

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La Matilde convertida en una verdadera muñeca Chucky

A la mañana siguiente llegaron Steven con la Matilde a ver a la guagua. La Matilde está obsecionada con Vincent, le da continuamente besitos. Ahora último eso sí, ha cambiado sus nanais por mordeduras que he tenido que supervisar de manera constante. Ya lleva tres pelotazos, un librazo, y un estuchazo en la cabeza. Si Vincent subsiste es porque tiene la cabeza dura. Ya veremos como continúa esta historia…

Vincent and I in Valdivia
En la pieza Nº34, diez años después

Vincent y yo nos pasamos dos días en la clínica super tranquilos. Fuera de las visitas constantes de los tatas, su padre y hermana, solo llegaron a verlo la Verónica, mi mejor amiga en Valdivia, y la directora del colegio donde yo trabajaba. Qué comparación con la lluvia de regalos y seguidilla de gente que había ido a conocer a la Matilde en Santiago el año anterior. Y sin embargo, a pesar de sentirme algo triste por lo escuálido de los regalos de mi guatón, que en cierto modo reflejaba mi reducida popularidad y desenvolvimiento social, siempre lo recuerdo como lo mejor que me ha pasado. Sentirme cercana a él, que no se lo llevaran de mi pieza, ni me dieran píldoras para relajarme, solo él y yo pasando horas silenciosas juntitos, regalonenado y comenzando a conocernos fuera de mi cuerpo.

La Matilde quedó super spoiled con la estadía de los tatas que se prolongó hasta el 10 de noviembre la de la Bobe, y el Tata viniendo los fines de semana. Llegamos a la conclusión que está enamorada de su Tatata como ella le dice, pues no hace más que verlo, para olvidarse de la existencia de todos los demás, incluso de la Bobe, lo que es mucho decir. Un día el Tata llegó agotado a verme a la clínica. Se le había ocurrido salir a pasear con la Matilde (de un año siete meses) sin coche, y por supuesto, ésta se chantó a la media cuadra igual que un perro. Resultado, el Tatata ha tenido que llevarla en brazos a la hasta el centro de Valdivia y después hasta la clínica. Flor de ejercicio para la espalda. Como pueden ver, el enamoramiento es mutuo.

La Bobe, por su parte, prodigó cariños a borbotones, no solo a la Matilde, sino que a su hijita y a su nuevo retoño, que ella considera “tan bonito”. Por quince días vivió en una pieza de un metro por dos, sintiéndose en el Skorpios por lo reducido de su espacio (y no por el lujo, precisamente). Yo, gracias a sus cuidados, los de Steven y mi doctor, he quedado sana como lechuga, con diez kilos menos de los 15 que engordé en menos de quince días, y sin ninguna “lesión”. Vincent, por su parte, engordó un kilo y medio el primer mes, y ahora está pesando más de 5 kilos y medio. Al parecer, la leche de foca continúa haciendo sus efectos…
Vocabulario:
Bobe: la abuela Isabel Edwards Pinto, madre de los Alliende Edwards
Chantarse: detenerse
Choritos: Mejillones
Coche: carrito para bebés
Echar tallas: embromar a alguien en modo simpático
Estar guatona: estar molesta con algo o una situación
Guagua: bebé
Guata: barriga, estómago
Media cuadra: media calle, medio bloque
Midwife: matrona
Pieza: habitación
Retar: regañar
Spoiled: mimado, engreído (en chileno no tenemos una palabra específica, pues regaloneada tiene una connotación positiva, no negativa. En chilensis se podrían referir a un niño mimado como “el concho de su madre”, o “cabro de mierda”).
Tata: abuelo
Upa: manera como piden los niños en Chile que los lleven en brazos

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La Blanquita Edwards Pinto

Me ha dado por rebuscar archivos viejos, tratando de rescatar cartas y escritos que si no se perderán en el cementerio ciberespacial. Hoy encontré algo que escribí cuando se murió la  Blanca, una tía, hermana de mi mamá, que ejerció gran influencia en nuestras vidas de niños y no tan niños. Aquí está mi breve homenaje a la Blanca cuando supe que se había muerto en Santiago de Chile, mientras yo vivía en Annandale, Virginia, EEUU.

DESDE LA DISTANCIA…

Blanca 1928.jpg
Blanca Edwards Pinto – 1928

Hoy día cuando hablaba con mi hija Matilde de seis años contándole que la Blanca estaba muy enfermita y que a lo mejor se moría y la Bobe no podría venir a visitarnos, ella me preguntó ¿¡por qué!?
– Bueno, porque la Bobe se va a sentir con pena, y va a querer estar con el Tata, para consolarla — le contesté
– ¿Y quién me va a consolar a mi? me preguntó la Matilde.
Yo no sabía a ciencia cierta si el consuelo era por la Blanca o porque la Bobe no iba poder venir a vernos, por lo que le pregunté: ¿Consolarte de qué?
De que se muera la Blanca, porque a mi también me va a dar pena – me dijo y continuó: ¿Y la abuelita Kätty?
– No, la abuelita Kätty está bien.
– No, yo pregunto ¿era la abuelita Kätty amiga de la Blanca?
– Sí, le dije. ¿Por qué?
Porque a ella también la van a tener que consolar.

1993 La familia Alliende Edwards
La Blanca, la abuela Kätty, mis papás, hermanos y sobrinos en nuestro matrimonio

Y así es, si bien todos sabíamos que tarde o temprano la Blanca iba a morirse, igual da pena. Da pena porque se vienen encima todos los recuerdos, las alegrías y sufrimientos pasados junto a ella o que pasaron alrededor de ella. Haber deseado que llevara una calidad de vida mejor los últimos años, pero a fin de cuentas guardar lo mejor de ella.

BlancaCuando pienso en la Blanca pienso en su elegancia, en su sinceridad y tranquilidad, en su accesibilidad, humildad y también en que era una señora muy bonita. Esas son las impresiones que tuvo Steven al conocerla hace diez años. Y todo el mundo coincidía con ello. La reina de Inglaterra como le decía mi papá, una lady, que mientras todos devorábamos pescados y mariscos en un restaurant del Duao a las 3 de la tarde, ella tomaba té con tostadas y mermeladas. Que cuando vino a visitarnos a Washington se dedicó a hacer compras para todos los nietos y bisnietos, que cuando viajábamos en metro mientras yo ya estaba en la puerta para salir apurada, ella me miraba con una sonrisa plácida, dejaba desaprensiva la cartera en el asiento a merced de los ladrones mientras se ponía parsimoniosamente el chaleco, mientras yo le hacía señas frenética. Ella me miraba tranquila, y sin agitarse caminaba y justo cuando el metro paraba ella salía invicta por la puerta como una gran señora. Yo la seguía con la mirada, suspiraba y pensaba lo admirable que era esa calma. Recorrimos todos los malls de Washington, visitamos las antiguas calles y casa en la que ella había estado en el año 42, nos contó cuentos de su niñez y de Juan, nos invitó a almorzar a un restaurant a orillas del río Potomac para celebrar mi cumpleaños, fue la primera persona de la familia en conocer a Steven y hablarle en un inglés british impecable. La Blanca siempre fue una persona que rodeó mi vida y mi familia. Siempre era tema obligado en nuestras conversaciones. Si bien ella no era confrontacional, provocaba la confrontación.

Pero no solo me puedo quedar con la imagen de la Blanca de los últimos seis o siete años en que estuvo en cama, ni siquiera la que tengo de mi vida adulta. La Blanca era deportista, nadaba, jugaba golf, tenía una memoria de elefante, nos tejía maravilloso, y nos daba unos almuerzos con todo de primera. Jamón del mejor, una carne blandita con un olor rico, inolvidable, aceite de oliva…y cuando registrábamos sus closets, que mi mamá le decía almacén el Pollito y siempre encontrábamos algún cachureo o comprita olvidada de algún mall de la que podíamos echar mano. Cuando era chica e íbamos a visitarla a ella y Juan, yo me sentía su aliada, su compañera. Me gustaba su presencia, me daba paz y tranquilidad.

Blanca e Isabelita
La Blanca con la Isabelita (mi mamá)

Blanquita querida, Blancucha, Blanca, Blanquecina descansa en paz, que Dios te regalonee y cuide, igual como lo hicieron en la tierra tus hermanos, cuñados, y sobri-nietos y bisnietos.
Nosotros desde la distancia te mandamos un beso, y el deseo de que todos encuentren la tranquilidad y calma que tú tenías.
Steven, Pia, Matilde y Vincent
6 de marzo 2002