El cuento del lobo Tata y su camada (en homenaje a mi padre)

El cuento del lobo Tata y su camada (en homenaje a mi padre)

Basado en una leyenda de la tribu de los Alliende Edwards.

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Había una vez un lobo que se llamaba Tata que hace más de 60 años comenzó una manada con una loba de una manada de alta alcurnia, pero un poco venida a menos. Su nombre era Bobe. Con ella tuvo una camada muy peculiar, pues ninguno de los retoños que les nacieron se parecían entre si.

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El primero nació después de un año de lágrimas de la loba Bobe quien lloraba cuando no le venía el celo ya que el lobo Tata tenía muy buen olfato y el macho Alfa de la gran manada Alliende le había dicho que probablemente era vana. Ella pensaba que a lo mejor la mandaban a vivir con los Omegas. Pero, al poco andar, el gran macho alfa se dio cuenta que esta loba no era una loba cualquiera y dejó de molestarla. Por el contrario, le tomó un gran cariño y respeto.

Es así como a pesar de las malas predicciones, un día de junio como hoy, bajo una tormenta gélida nació el primer retoño. Desde el comienzo se extrañaron de su aspecto, ya que el lobito leía muchísimo, y con gran rapidez. Era bastante tímido, tenía los pelos rizados que parecían plumas, y los ojos grandes y atentos. Un día, el lobo Tata mientras lo observaba, exclamó: “Este cachorro no tiene ningún aspecto de lobo, más bien parece un búho” y es así como al primogénito siempre lo llamaron Búho Rodión. Aunque después de un tiempo a éste no le gustó su apodo y obligó a todo el mundo a que lo llamaran Pá, así, a secas.

No había pasado ni un mes desde que había nacido el búho Rodión, cuando la loba Bobe se dio cuenta que ya su leche era escasa. Dicho y hecho doce meses después nacía el siguiente cachorrito. Con el corte de la leche, el Búho Rodión cada día se puso más flaquito y más dado a sus libros. Se han encontrado vestigios de la presencia de estos dos cachorritos a orillas de un lago, en donde sentados en una roca, miraban a la cámara sonrientes. Y en efecto, al segundo lobezno se lo ve imponente, gordo y rebosante, como si se hubiese comido un gallinero completo.

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Cómo se ve, este cachorro tambien era muy listo. Quizás, necesitaba moverse más y eso lo hizo ser un explorador muy ubicado. Sabía orientarse en las partes más recónditas de la selva urbana o de los paseos campestres. Cuando al lobo Tata le fallaba su sentido de la orientación, siempre acudía a su segundo cachorrito. Sin embargo, también encontraba que no parecía lobo, pues era muy críptico, y los lobos generalmente son animales muy directos, hasta el punto que muchas de sus verdades duelen.

Un día mientras lo observaba, el lobo Tata exclamó: “Este cachorro aunque tiene mi aspecto, no tiene totalmente el comportamiento de lobo, más bien parece un zorro” y es así como al segundo de la camada le comenzaron a decir zorro Matarato.

Pasaron dos veranos y la familia vivía en armonía departiendo con la camada de hembras del hermano mayor del lobo Tata. A mediados del otoño, mientras la loba Bobe afanaba para celebrar a su madre criadora que ya estaba algo anciana, en la mitad de los festejos tuvo que ir a recluirse, pues estaba dando a luz a una cachorrita preciosa, con la cara redonda, el pelo muy amarillo y siempre sonriente. En el hecho, era tan alegre que iluminaba los rincones más oscuros con su risa cristalina. Sin embargo, tenía las patitas algo torcidas y siempre le dolían, y a veces le costaba levantarse antes del amanecer para salir a cazar. Un día, el lobo Tata mientras la observaba exclamó: “Esta cachorrita no tiene ningún aspecto o comportamiento de lobo, más bien parece un angelito travieso al que le gusta levantarse después de la salida del sol” y es así como a su primera hija la comenzó a llamar Angelito Sol.

Así pasó el invierno, y dos primaveras. A esas alturas la manada del lobo Tata estaba algo empobrecida. No habían muchos alimentos para todos y a pesar de que había convencido a algunos científicos para que estudiaran a su camada, éstos le habían dicho que no había dinero para sacar más fotos si nacía otro lobito. El lobo Tata trabajaba duro y junto a la loba Bobe participaban activamente en las reuniones espirituales cuando se congregaban con las manadas vecinas. Sin embargo, la loba Bobe ya cansada de que los partos la pillaran de improviso, durante la segunda primavera decidió que esta vez se programaría. En la mañana del primer sábado de noviembre decidió empacar sus cosas e instalarse a parir tranquila, sin sorpresas o incertidumbres. Y así fue como nació la cuarta de la camada, y segunda cachorrita. El lobo Tata la encontró un poquito con cara de pera con lo cual no le importó demasiado que no hubiera plata para que le sacaran fotos. Pero esta cachorrita, viendo que estaba en desventaja y que nunca iba a poder competir con la sabiduría, la astucia o la alegría de sus hermanos, decidió conquistarle el corazón al lobo Tata. Todas las mañanas se metía en su cama y se quedaba quietecita escuchando las conversaciones de sus papás y sintiendo el calor de su pelaje y la protección de sus abrazos. Le gustaba escuchar sus historias de las manadas vecinas, de la situación social y política del territorio además de todos los chismes de su manada paterna y la de la manada de los hermanos de la loba Bobe. Le encantaba que le contaran cuentos. Éstos la relajaban mucho cuando se enfermaba de las amígdalas y le tenían que poner una inyección. Ella quería ser doctora cuando grande, aunque todo le daba un poco de susto y era tímida. Un día que la manada decidió ir de excursión a la nieve, a esta cachorrita se le congelaron las patitas, y le dolieron tanto, que la loba Bobe decidió tejerle en el instante unas medias rojas que calentaron la desilusión que le había producido caminar por el agua congelada. Y cuando el lobo Tata la miró, exclamó: “Esta cachorrita tampoco parece lobo. No aguanta las bromas, o no las entiende, se pone a llorar por nada y es muy regalona. La voy a proteger de los lobos curiosos toda mi vida. Es como una paloma, es mi pichona. Y desde ahí todos la llamaron la doctora Pichona.

El lobo Tata preocupado de la educación de su camada, no se sabe si por su situación económica precaria o su gusto por las manualidades, comenzó a construir unos libros con cartón corrugado y recortes de periódico, que los cachorritos leían con fruición.

Pasaron dos veranos más, llegó el otoño y el invierno, y cuando comenzaron a aparecer algunas incipientes flores adelantadas de la primavera, nació el quinto cachorrito. Dice la leyenda que por esos tiempos había un científico que estudiaba el comportamiento de las lobas durante el parto y la loba Bobe, que era muy abierta a los nuevos tiempos y los avances en la medicina aceptó que le pusieran un gas hilarante mientras nacía su cachorrito. Y se dice que rió, y rió y rió por espacio de seis horas, hasta que salió de sus entrañas un cachorrito que comenzó a mirar todo muy atento y a opinar desde que abrió los ojos. Y mientras más se reía la loba Bobe, más hablaba su cachorrito. Además, éste era muy inquieto y distraído. Le quitaba las tijeritas a la loba Bobe quien reemplazó sus carcajadas del parto por aullidos de desesperación cada vez que no podía cortarse las uñas. Dicen por ahí, que una vez, todos los hermanos mayores se reunieron y armaron un motín contra el cachorrito menor, quién, por ser el concho, hacía lo que le daba la gana y no le gustaba confesar sus fechorías, sino más bien tenía argumento para todo, dando innumerables ejemplos para ilustrar los casos más variopintos. Además, desde pequeñito comenzó a demostrar sus habilidades para las finanzas. Arrendaba el reloj de la manada durante los recreos del colegio y con sus ganancias se compraba el último avance tecnológico para calcular. Un día cuando el lobo Tata lo observaba, exclamó: “Este cachorrito a pesar que se parece bastante a mí, habla mucho, mete la cuchara en todas partes, compra al boleo y le gusta darse vueltas como si no se le acabara la cuerda. Más parece un pato. Y desde ese momento, al quinto lobezno le llamaron Patito Cucharón.

Y es así, como el lobo Tata formó su manada que se fue extendiendo e influyendo a toda la región Andina. Su manada ya no era solo de lobos, sino que se unieron los más variados animales, desde la Jirafa Rafa, hasta la cochinilla Justilla, el potrillo Pancho y el chivo Joaco. Incluso sus historias llegaron hasta EEUU dónde el Capitán Wilson y su feisima y desalmada hermana Jennifer, se encargaron de difundir su fama de buen padre, macho criador, protector y un poquito mal genio, sobre todo cuando creía que sus cachorritos no iban por el camino correcto. Esto a veces causaba el estupor, rabia, culpabilidad o indignación de sus cinco retoños, quienes reaccionaban de manera diferente ante estos enojos, por sobre todo porque todos habían sido criados bajo su olfato y ojo avizor y no les cabía duda que el lobo Tata había cumplido con su misión con creces.

Una muestra de ello fue, que el día que murió, el Angelito Sol estuvo a su lado iluminándolo y prodigándole la paz que necesitaba para morir, recibiendo la unción de los enfermos y rezando por su cuerpo y alma. El zorro Matarato, quién había estado a su lado todos ese día y había salido nada más un ratito a comprarle algo para que se aliviaran parte de sus dolencias, se vió atascado en un taco que ni su olfato ni buena ubicación lo pudo ayudar frente al crecimiento desmesurado de la jungla urbana. El búho Rodión estaba trabajando y perfeccionando los listados del supermercado para que pudiera continuar disfrutando de la comida que tanto le gustaba, y la doctora Pichona, que había volado ya hace un tiempo a otra manada lejana, viajaba con el Pato Cucharón, quién después de haber manejado durante ocho horas seguidas para comenzar el vuelo de regreso, dormía bajo la sombra de un árbol en Dinamarca. Dice la leyenda que cuando el lobo Tata murió, pensaba en su hijo Cucharón que incluso dormido era capaz de seguir hablando, ya que sus ronquidos hicieron temblar su lecho de enfermo, quizás comunicándose con él por última vez.

Muchos miembros de la manada extendida fueron a darle su último respeto, y los que estaban a cargo de su cuidado, dieron todo su tiempo y olvidaron su propio cansancio para que el lobo Tata lograra descansar en paz y finalmente, después de ansiados 7 años y cinco meses, se uniera al alma de su querida loba Bobe.

El día de su entierro acudieron animales desde todas partes de la comarca. Se dice que cada uno de los que estaba presente había sido tocado por las grandes patas generosas y gregarias del lobo Tata.

El lobo Tata siempre decía medio en broma medio en serio que el era un don Nadie, un vulgar lobo Omega. Sin embargo,sus acciones las hizo tratando de adelantarse al peligro, con sigilo pero de manera audaz, a ras del suelo, pues los lobos no tienen alas. A pesar de ello, el lobo Tata se encargó que cada uno de los que se cruzó por su camino, las tuviera grandes, fuertes, amplias, para volar alto, muy alto.

Y ahora es misión de sus cinco cachorros, su búho, su zorro, su Angelito Sol, su pichona y su cucharón de continuar con sus propias camadas, la creación de manadas propias que continúen su legado y lo enriquezcan con sus valores, creencias y cualidades.

Gracias lobo Tata, descansa en paz junto a tu amada loba Bobe, (quién, por esas paradojas de la vida, tampoco era loba, era su perrita).

Maria Piedad Alliende Edwards – 8-10 de junio 2018