Día/Day 12: Por un millón de euros / For a million euros #SOL2021 #SOLSC

To tell you the truth, I am not multilingual, just bilingual, and today during #MultiFri, I am rescuing a story I wrote last year for my Spanish writing workshopLa espuma de los jueves“. I found it as a draft in my Spanish blog. I have the tendency of having more drafts than published post. Also, I have to confess that I barely remember that I wrote this story. It was during the first stages of Covid-19 in March of 2020. Spain was in full lockdown, we were communicating via Whatsapp while I was having breakfast and my fellow friend writers having a bocadillo or merienda. The prompt, if I don’t remember wrong, was a man is found dead with 1 million euros on his hands. What happened before to arrive to this stage?

Here is my story.

Por un millón de euros

Me arrimé en un rincón de la habitación y me puse a llorar mientras mi cuerpo tembloroso resbalaba lento hasta el suelo. Una vez en cuclillas, comencé a sopesar los hechos, haciendo figuras con mis dedos aprovechando el polvo y los efluvios que caían desde mis ojos y mi boca. La carta lo decía clarito. Estaba metido en un hoyo profundo, de esos que nunca se terminan de cavar  por lo que las posibilidades de salir de él eran nulas. Ni esperanzas de ver la luz al otro lado del túnel. Qué idea más peregrina la de ese decir. Los túneles nunca han sido desesperanzadores, los hoyos verticales, hacia el centro de la tierra, sí. Desde la otra habitación escuchaba la respiración agonizante de mi madre quien apenas sintió mis gemidos comenzó a llamarme de manera insistente. Pepe, Pepe. Me acerqué a su cuerpo enflaquecido por los interminables tratamientos y con la voz templada le pregunté: ¿sí, mamacita? ¿se le ofrece algo?

-¿Todo bien, Pepe?

-Sí mamá. Usted no se preocupe, que todo va a salir bien. Con Irene y Tito estamos buscando maneras de conseguir el dinero. El Doctor Hinojosa, dijo que la operación se realizaba mañana, aunque no hubiéramos depositado el cheque en la clínica. Usted está en las mejores manos. Todo irá a la perfección y en poco tiempo más estará caminando como nueva.

Mi madre me miró incrédula. Sus ojos miraban a lontananza como si estuvieran cubiertos por una película de agua encharcada. ¿Qué había pasado? ¿Cuándo fue que todo se fue al carajo?  Quizás fue cuando decidí sacarlos a todos de mi seguro de salud, para utilizar el dinero en la fábrica de zapatos. O el día en que le descubrieron el tumor en la pierna a mamá. O cuando descubrimos que Irene había dejado la universidad. O el día que la mujer de Tito colgó en Instagram una foto de ella con un tío desconocido que nadie de la familia conocía con el siguiente epigrama: Felices 27 para mi. Qué año de mierda he tenido, pero contigo todo tiene sentido.

Daba igual. Ya lo tenía decidido. Ese día iría a probar suerte al casino. No tenía nada que perder. Lo único que necesitaba era un solo golpe de suerte, que ya la vida nos había dado bastante para crecer.  Me puse el mejor traje de vestir que encontré en el el cuarto de Tito y salí a la calle. Tenía cincuenta euros. Como no creía en la suerte completamente instantánea, decidí meterlos en los tragamonedas. Qué nombre más inapropiado para un iluso idiota como yo. De todas formas, era mejor apelativo que el de tragaperras. Al menos me darían tiempo de no perder la esperanza de un solo guaracazo si lo apostaba todo a ganar en el póker o la ruleta. Llevaba veinte minutos en las maquinitas, ya que no me animaba a meter más de dos euros a la vez. Miré a mi alrededor. Era la hora de almuerzo. Muchas señoras aburridas metían sus propias monedas y bajaban la palanca con una monotonía que desafinaba con el ruido musical de sus resultados. Me estaba comenzando a angustiar. La atmósfera me deprimía. Los casinos no eran mi diversión favorita. Y fue justamente cuando pensaba ésto, que decidí meter de una vez el resto de los euros que me quedaban. ¡Cachín! Bajé la palanca una vez más y cerré los ojos. Cuál no sería mi sorpresa cuando comienzo a escuchar un sinfín de fichas cayendo por la boca de la tragamonedas. Abrí los ojos y vi los tres sietes que se presentaron claritos frente a mi. La suerte me acompañaba. La máquina siguió vomitando fichas como por quince minutos. Las señoras aburridas me miraron con envidia. No se me ocurría cómo iba a hacer el canjeo. Al final encontré unos canastos como del supermercado, pero más pequeños, en donde deposité mi botín. Cuando el cajero me entregó un cheque que decía un millón de euros, nunca pensé que un plan podría salir tan perfecto.

Me fui al banco e hice los debidos depósitos y les compré unos billetes a Minneapolis para Tito, Irene y mamá. El día anterior me habían escrito de la Clínica Mayo. Mi madre había sido aceptada en el programa de nuevos tratamientos para su cura. Al volver a casa, vi el coche escondido entre la arboleda. Subí las escaleras. Escuché un portazo. Allí comprendí que todo se había ido al carajo. El día que Irene descubrió en el armario de mi habitación el kilo de cocaína y lo tiró por el váter. Cogí la pistola que tenía escondida en mi cómoda, me metí el cañón en la boca y disparé el gatillo.


For a million euros

I huddled in a corner of the room and began to cry as my trembling body slowly slid to the floor. Once squatting, I began to weigh the facts, making figures with my fingers taking advantage of the dust and the effluvia that fell from my eyes and my mouth. The letter said it clearly. He was stuck in a deep hole, one of those that never finish digging so the chances of getting out of it were nil. No hope of seeing the light on the other side of the tunnel. What a strange idea that saying. The tunnels have never been hopeless, the vertical holes, towards the center of the earth, yes. From the other room I heard the agonizing breathing of my mother who barely heard my moans she began to call me insistently. Pepe Pepe. I approached her body, emaciated by the endless treatments and with a warm voice I asked her: yes, mamacita? Does she offer you something?

-All right, Pepe?

-Yes mom. You do not worry, everything will be fine. With Irene and Tito we are looking for ways to get the money. Dr. Hinojosa said that the operation would be performed tomorrow, even though we had not deposited the check at the clinic. You are in the best hands. Everything will go perfectly and in no time you will be walking like new.

My mother looked at me incredulously. Her eyes stared into the distance as if covered by a film of puddled water. What had happened? When did everything go to hell? Maybe that’s when I decided to take them all out of my health insurance, to use the money at the shoe factory. Or the day the tumor was discovered on Mom’s leg. Or when we found out that Irene had dropped out of college. Or the day that Tito’s wife posted on Instagram a photo of her with an unknown uncle that no one in her family knew with the following epigram: Happy 27 for me. What a shitty year I’ve had, but with you it all makes sense.

It did not matter. I had already decided. That day he would go to the casino to try his luck. I had nothing to lose. All I needed was a single stroke of luck, that life had already given us enough to grow. I put on the best dress suit I found in Tito’s room and went out into the street. I had fifty euros. Since I did not believe in completely instant luck, I decided to put them in the slots. What a misnomer for a deluded idiot like me. Anyway, it was a better name than slot machines. At least they would give me time not to lose hope of a single guaracazo if I bet everything to win at poker or roulette. It had been twenty minutes in the machines, since I did not dare to put more than two euros at a time. I looked around me. It was lunchtime. Many bored ladies put in their own coins and lowered the lever with a monotony that was out of tune with the musical noise of their results. I was beginning to get distressed. The atmosphere depressed me. Casinos weren’t my favorite fun. And it was just when I was thinking this that I decided to put in the rest of the euros that I had left at once. Cachin! I lowered the lever once more and closed my eyes. What would not be my surprise when I begin to hear endless chips falling from the slot machine’s mouth. I opened my eyes and saw the three sevens that appeared clearly in front of me. Luck was with me. The machine kept throwing up chips for like fifteen minutes. The bored ladies looked at me enviously. I couldn’t think of how I was going to do the trade. In the end I found some baskets like the supermarket, but smaller, where I deposited my loot. When the cashier handed me a check that said a million euros, I never thought a plan could turn out so perfect.

I went to the bank and made the proper deposits and bought some tickets to Minneapolis for Tito, Irene and Mom. The day before they had written to me from the Mayo Clinic. My mother had been accepted into the program of new treatments for her cure. When I returned home, I saw the car hidden in the grove. I climbed the stairs. I heard a door slam. There I understood that everything had gone to hell. The day Irene discovered the kilo of cocaine in my bedroom closet and she flushed it down the toilet. I took the pistol she had hidden in my dresser, put the barrel in my mouth, and fired the trigger.