La Blanquita Edwards Pinto

Me ha dado por rebuscar archivos viejos, tratando de rescatar cartas y escritos que si no se perderán en el cementerio ciberespacial. Hoy encontré algo que escribí cuando se murió la  Blanca, una tía, hermana de mi mamá, que ejerció gran influencia en nuestras vidas de niños y no tan niños. Aquí está mi breve homenaje a la Blanca cuando supe que se había muerto en Santiago de Chile, mientras yo vivía en Annandale, Virginia, EEUU.

DESDE LA DISTANCIA…

Blanca 1928.jpg
Blanca Edwards Pinto – 1928

Hoy día cuando hablaba con mi hija Matilde de seis años contándole que la Blanca estaba muy enfermita y que a lo mejor se moría y la Bobe no podría venir a visitarnos, ella me preguntó ¿¡por qué!?
– Bueno, porque la Bobe se va a sentir con pena, y va a querer estar con el Tata, para consolarla — le contesté
– ¿Y quién me va a consolar a mi? me preguntó la Matilde.
Yo no sabía a ciencia cierta si el consuelo era por la Blanca o porque la Bobe no iba poder venir a vernos, por lo que le pregunté: ¿Consolarte de qué?
De que se muera la Blanca, porque a mi también me va a dar pena – me dijo y continuó: ¿Y la abuelita Kätty?
– No, la abuelita Kätty está bien.
– No, yo pregunto ¿era la abuelita Kätty amiga de la Blanca?
– Sí, le dije. ¿Por qué?
Porque a ella también la van a tener que consolar.

1993 La familia Alliende Edwards
La Blanca, la abuela Kätty, mis papás, hermanos y sobrinos en nuestro matrimonio

Y así es, si bien todos sabíamos que tarde o temprano la Blanca iba a morirse, igual da pena. Da pena porque se vienen encima todos los recuerdos, las alegrías y sufrimientos pasados junto a ella o que pasaron alrededor de ella. Haber deseado que llevara una calidad de vida mejor los últimos años, pero a fin de cuentas guardar lo mejor de ella.

BlancaCuando pienso en la Blanca pienso en su elegancia, en su sinceridad y tranquilidad, en su accesibilidad, humildad y también en que era una señora muy bonita. Esas son las impresiones que tuvo Steven al conocerla hace diez años. Y todo el mundo coincidía con ello. La reina de Inglaterra como le decía mi papá, una lady, que mientras todos devorábamos pescados y mariscos en un restaurant del Duao a las 3 de la tarde, ella tomaba té con tostadas y mermeladas. Que cuando vino a visitarnos a Washington se dedicó a hacer compras para todos los nietos y bisnietos, que cuando viajábamos en metro mientras yo ya estaba en la puerta para salir apurada, ella me miraba con una sonrisa plácida, dejaba desaprensiva la cartera en el asiento a merced de los ladrones mientras se ponía parsimoniosamente el chaleco, mientras yo le hacía señas frenética. Ella me miraba tranquila, y sin agitarse caminaba y justo cuando el metro paraba ella salía invicta por la puerta como una gran señora. Yo la seguía con la mirada, suspiraba y pensaba lo admirable que era esa calma. Recorrimos todos los malls de Washington, visitamos las antiguas calles y casa en la que ella había estado en el año 42, nos contó cuentos de su niñez y de Juan, nos invitó a almorzar a un restaurant a orillas del río Potomac para celebrar mi cumpleaños, fue la primera persona de la familia en conocer a Steven y hablarle en un inglés british impecable. La Blanca siempre fue una persona que rodeó mi vida y mi familia. Siempre era tema obligado en nuestras conversaciones. Si bien ella no era confrontacional, provocaba la confrontación.

Pero no solo me puedo quedar con la imagen de la Blanca de los últimos seis o siete años en que estuvo en cama, ni siquiera la que tengo de mi vida adulta. La Blanca era deportista, nadaba, jugaba golf, tenía una memoria de elefante, nos tejía maravilloso, y nos daba unos almuerzos con todo de primera. Jamón del mejor, una carne blandita con un olor rico, inolvidable, aceite de oliva…y cuando registrábamos sus closets, que mi mamá le decía almacén el Pollito y siempre encontrábamos algún cachureo o comprita olvidada de algún mall de la que podíamos echar mano. Cuando era chica e íbamos a visitarla a ella y Juan, yo me sentía su aliada, su compañera. Me gustaba su presencia, me daba paz y tranquilidad.

Blanca e Isabelita
La Blanca con la Isabelita (mi mamá)

Blanquita querida, Blancucha, Blanca, Blanquecina descansa en paz, que Dios te regalonee y cuide, igual como lo hicieron en la tierra tus hermanos, cuñados, y sobri-nietos y bisnietos.
Nosotros desde la distancia te mandamos un beso, y el deseo de que todos encuentren la tranquilidad y calma que tú tenías.
Steven, Pia, Matilde y Vincent
6 de marzo 2002