Las cosas que perdemos

Hace cinco días he perdido mis gafas para nadar en alguna parte de mi pueblo. A las nueve de la mañana fui a nadar a la piscina del polideportivo. Había ido en bici, por lo que llevaba las gafas colgando de una mano. Al salir de la piscina me fui a tomar desayuno a un bar y se alargó tanto la conversación que tuve que irme directamente a una cita de rutina que tenía al doctor con el bañador mojado y las mismas gafas junto con la toalla colgando al cuello. Al volver a mi casa, me di cuenta que ya no las tenía. Me dio mucha pena, pues eran unas gafas que me había comprado en un outlet en EEUU por 12 dólares y que al fin me quedaban bien, es decir, que no tenía que parar en cada brasada porque me entraba agua a los ojos. Debo confesar que nunca había gastado tanto en unas gafas, pues mientras mis hijos y mi marido siempre se compraban lo mejorcito, yo me contentaba con las gafas que ellos desechaban y bueno, siempre resultaban un poco mierdecillas. Por lo mismo, me sentía orgullosa de finalmente haber dedicado parte del presupuesto familiar a la compra egoista de unas gafas para mi. Además tenían un plus, el diseño del marco tenía la bandera de EEUU, cosa que me hacía sentir parte del equipo de natación estadounidense de los juegos olímpicos y estar nadando a la altura de Michel Phelps. o Katie Ledecky .

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Ahora que veo en TYR Sports que el precio de esta joyita es casi de US$30, más rabia me da

Repasé todas mis vueltas en bicicleta desde las nueve de la mañana, pregunté en el bar donde desayuné, y en el ambulatorio y dejé encargado en la piscina a los monitores que si veían a un seudo Michel Phelps por las inmediaciones, lo interrogaran. En fin, en el bar me miraron con cara de que estaban escondiendo las gafas debajo del mesón, en el ambulatorio el doctor que me atendió me dijo que el ponía en venta todo lo que dejaban sus pacientes en su consulta y los monitores, cuando les dije cómo eran las gafas, me dijeron que si eran “chulas”, me olvidara de ellas.

Volví a la casa muy desalentada. Cuando estaba abriendo la puerta de entrada se me vino a la cabeza el pensamiento recurrente que tengo cada vez que pierdo algo, que es un vivo deseo que me gustaría que se me cumpliera cuando me muera. Una vez se lo comenté a mi familia y consideraron que yo le pedía muy poco a la muerte. Pero no sé por qué, a mi me gustaría, en el momento de mi muerte, que me pasaran una película no de mi vida, ni de lo que hice o dejé de hacer, sino más bien de dónde fueron a parar todas las cosas que se me han perdido o, para asumir mi responsabilidad, que he perdido y que recuerdo vívidamente su pérdida.

¿Dónde fueron a parar los múltiples aritos que he perdido y han hecho que en los últimos cinco años haya decidido ponerme aros diferentes en cada oreja y que la gente me mire  y me diga, perdona, se te ha perdido un aro? ¿O que la ayudante del laboratorio de ciencias del cole donde trabajaba, cuando le dije que me gustaba usar aritos diferentes, me dijera que era muy rara? Esta última observación francamente me hizo pensar en lo aburrida que debía ser la vida de esta persona, si me encontraba rara por esta nimiedad cuando en la calle circula gente con unos tatuajes enormes, aretes gigantes en los labios, la lengua, los pezones y la nariz y vestimenta muchísimo más estrafalaria que la mía.

Una de mis cuñadas muy queridas siempre me ha regalado aritos de gran artesanía y de lugares donde ella ha vivido. Uno de estos pares fueron unos aritos de la República Checa. Era julio del 2009 e íbamos a San Francisco al consulado español, para conseguir nuestras visas para mudarnos a España. A mi se me perdió uno de los aros checos en nuestro coche, un Nissan Pathfinder rojo, durante este trajecto. Sé que fue adentro del coche durante el viaje, quizás en una de las paradas a repostar o comprarnos un balde de coca-cola o café para seguir conduciendo. No hubo caso que revisáramos los asientos y el suelo mil y una vez; el aro nunca fue encontrado. En recuerdo de esta pérdida que me recordaba tanto a mi cuñada, nunca me saqué a su pareja de la oreja, hasta hace unos meses, en que no sé dónde ni cómo lo he perdido. Cuando mi cuñada supo que ya no tenía uno de los aros, me regaló otro par, también muy bonito, de una piedra y técnica peculiar de Georgia, el país donde estaba viviendo el 2011 y dónde habíamos ido a pasar la Navidad. Uno de esos aros lo perdí al año siguiente, en la habitación en la que alojábamos en la casa de mi otra cuñada cerca de Seattle. Recuerdo que también pusimos todo patas arriba, desarmamos la cama y buscamos en la alfombra sin éxito. Decidí decirle a mi cuñada que desistiera de regalarme aros, pues era un caso perdido.

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Sacarse un selfie de un aro es muy difícil

El año pasado, otra de mis cuñadas que es profesora de arte y muy artista, al oir estas historias y saber que yo siempre llevaba aros desparejados, me regaló uno suelto hecho por ella y que nunca había tenido pareja, por lo que a las dos nos pareció la combinación perfecta. Ahora lo llevo puesto. Ya llevo un año sin sacármelo ni perderlo, pues ese es el truco y la condición: solo puedo usar aritos que no necesite cambiarme ni sacarme nunca, ni siquiera en la ducha, la piscina o en la práctica de algún deporte. Creo que solamente me he sacado los aros cuando he presentado una obra de teatro o me lo ha pedido mi propia instructora de teatro, o hace poco yo misma, cuando aprendía a hacer surf, pues después de haberme doblado el dedo meñique con la tabla, no me pareció muy alentador circular con un lóbulo sangrante.

 

 

Hace muchísimo tiempo, ya casi 25 años, cuando Steve y yo vivíamos recién casados en Arlington, Virginia, decidimos ofrecernos de voluntarios para ir en kayak por el río Potomac a limpiar parte de sus riberas. La verdad es que quedé tan impresionada de la cantidad de pelotas de tenis que encontramos que le dije a Steve que desde ese momento ya sabía adónde iban a parar todas las pelotas del mundo. Recuerdo que nos sacamos con el grupo una foto con una montaña de basura consistente en su mayoría en un montón de neumáticos, desechos varios y las mentadas pelotas de tenis. Veinte años después quise replicar esa iniciativa en el cole donde trabajaba, para que los estudiantes crearan consciencia de la cantidad de porquerías que producíamos, a través de una excursión a las playas de la costa de la luz en España, donde recogeríamos basura en las playas. Quedé impresionada de la poca aceptación que tuvo mi iniciativa entre alguno de los alumnos. Yo creía que todos iban a saltar de alegría al saber que estaban cooperando con un granito de arena casi literal a hacer de nuestro planeta y espacio un lugar menos sucio.

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Una foto muy similar a ésta nos sacamos en 1994, cuando fuimos a limpiar el río Potomac con Steve y nuestros vecinos de Arlington, Seth y Julie. ¿Qué será de ellos? Esta foto, sin embargo, es de una limpieza en kayak que organizó el Northern Virginia Conservation Trust en el arroyo de Hunting  en septiembre 2017

¿Y no les pasa, cuando recogen la ropa después de lavarla, y se dan cuenta que tienen millones de calcetines perdidos, solitarios incapaces de reunirse con su pareja, y ustedes son incapaces a resignarse a tirarlos a la basura? A mi me ocurre todo el tiempo. En alguna ocasión, ante la alternativa de contaminar aún más, se los di a mi hija para que los convirtiera en unos títeres muy tiernos.  Hay calcetines que guardo con la esperanza de encontrar su pareja veinte años después, cuando ya mis hijos se han ido de la casa y el calcetín no les cabría ni en el dedo gordo del pie. ¿Y no les gustaría saber dónde se han ido? A mi si, me encantaría que estuvieran incluídos en la película que me va a mostrar cuando me esté muriendo una directora como la Sofía Coppola, quien me explicará con imagenes contundentes el paradero de estos objetos pertinaces.

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Mis calcetines huachos

Como todas las películas buenas y marketeras tienen segundas partes, también me gustaría saber cómo han llegado a mi poder chalecos, camisetas, toallas y algunos adminículos de cocina que yo no recuerdo haber comprado o que me los hayan regalado.

Mi vida es una película constante. Creo que empezaré una serie y se la venderé a HBO.

PD: Steve quiere que añada dónde se van las tapas de las ruedas de nuestro auto, que según los amigos de Vincent, son de cani.

 

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